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Agarrarse que vienen curvas II

Agarrarse que vienen curvas II
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Por Jorge Molina Sanz
jueves 12 de marzo de 2026, 17:51h

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Cuando los errores se acumulan y el margen se estrecha.

El café humea y el marino comenta:

— Tenemos problemas añejos, más los añadidos. No es una curva, sino que entramos en un recorrido serpenteante con curvas cerradas. No es pesimismo, ni dramatismo, es asumir un contexto global cambiante con riesgos que se aceleran.

Lo inmediato y cotidiano nos absorbe, aunque es imprescindible mirar alrededor, porque estamos ante cambios profundos que llevan aparejados transformaciones tecnológicas, demográficas e institucionales.

Tenemos un horizonte más áspero e imprevisible, con conflictos armados, guerras híbridas que, ya no son episodios breves y lejanos, sino escenarios de desgaste prolongado cada vez más cercanos. La seguridad —desdeñada en los años de bonanza— vuelve a ser una variable que afecta social y económicamente. En este marco, desespera ver que los organismos multilaterales —especialmente ONU y UE— son incapaces de afrontar esos problemas, arbitrar ni promover soluciones.

Interviene la joven profesora:

—Si este contexto, no fuera suficiente, añadamos a la fragmentación político social, el comercio internacional y la irrupción de la inteligencia artificial (IA) que ya no es futurista, sino una disrupción inmediata. La IA no es una tecnología más, porque afecta al empleo, a la productividad, a la organización empresarial y al propio papel futuro del Estado.

Mientras hay países que lo han entendido y están adaptando su educación, su regulación y su estructura productiva; España, mira este fenómeno como una curiosidad y un asunto secundario.

No se debe obviar que el impacto de la automatización va a afectar abruptamente a amplias capas de empleo, especialmente el de cualificación intermedia —aunque esto no sea prioritario para Yolanda Díaz—, pero ignorarlo no protege a los trabajadores, los deja expuestos y abandonados en el futuro.

Esta disrupción tecnológica trae riesgos económicos y recesión técnica inmediata, mientras la UE minimiza o decreta —Directiva 2019/904— el tapón en las botellas de plástico, se vislumbra una época de crecimiento débil, pérdida de la competitividad y una caída en la productividad.

La irrupción de la IA añade otra capa de incertidumbre. No es un futurible lejano, sino de una transformación que ya está reordenando la economía global y el mercado laboral.

Diversos estudios estiman que cerca del 40 % del empleo mundial verá modificadas o automatizadas parte de sus tareas antes de 2030, especialmente en trabajos administrativos, financieros, legales o técnicos de cualificación intermedia. Esto no significa necesariamente destrucción neta de empleo, pero sí una profunda reasignación del trabajo.

Al mismo tiempo, la IA puede aportar un fuerte incremento de productividad —con estimaciones de impacto económico global de varios billones de euros en esta década— y favorecer la aparición de nuevas actividades y profesiones.

El problema es que esta transición no será neutra: ampliará la brecha entre países con capacidad tecnológica y aquellos rezagados, y también entre trabajadores cualificados y quienes carezcan de formación digital.

Adaptar educación, regulación y empresa a esta transformación será decisivo en los próximos años, mucha tarea para Yolanda Diaz en Trabajo y para la neófita Milagros Tolón en Educación, si es que creen en ello.

Un pequeño ejemplo reciente, Jack Dorsey —cofundador de Twitter—, como CEO de Block, una tecnológica con proyección y beneficios, anuncia el despido del 40 % de sus ingenieros, más de 4.000 empleados, para sustituirlos por la IA.

Añade el marino:

—Otro factor es la crisis energética, mal resuelta y peor explicada. La transición se plantea más como consigna ideológica que como política industrial y social. Con la dependencia exterior, encarecimiento del mix energético y sin energía de respaldo —principalmente nuclear—, suma incertidumbres.

Aunque en España hay más «curvas», como son la radicalización política y el populismo. Si aumenta la incertidumbre económica, la presión migratoria y la pérdida de expectativas —poder adquisitivo, acceso a la vivienda o servicios públicos tensionados—, vemos que el descontento gana terreno.

En la UE se palpa el endurecimiento del discurso migratorio, por la incapacidad para articular una política inmigratoria realista, ordenada y compatible con la cohesión social.

La izquierda lo etiqueta como avance de la «fachosfera», pero la historia cuenta otras cosas mucho más pedestres resumidas en un refrán: «dónde no hay harina, todo es mohína».

La joven profesora interviene:

—Cuando hay tantos frentes a la vez aumentan las incertidumbres, se tensiona la democracia, se agravan los problemas, crece la desafección ciudadana y la desconfianza en las instituciones. En España esto ya se percibe en la justicia, el parlamento, los medios de comunicación y en la política en general, pero no es fruto de una conspiración, ni de la fachoisfera, sino del contraste entre los discursos triunfalistas, los problemas cotidianos no resueltos y la miopía.

Los ciudadanos perciben que se gobierna a golpe de relato, con mentiras y propaganda, en lugar enfocarse en la problemática actual y la anticipación ante el futuro.

El viejo marino concluye:

—Cuando se acumulan errores, se venden eslóganes, se aplazan decisiones y no se acometen los problemas con bisturí, no se gobierna, se decomisa el poder.

Nuestros amigos salen y con el sol cuasi primaveral se olvidan rifirrafes políticos.

Jorge Molina Sanz

Agitador neuronal

[email protected]

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