En el corazón de la provincia de Ávila, donde la Sierra de Ávila se alza como un guardián de piedra y silencio, se encuentra Gallegos de Altamiros, un municipio que parece detenido en el tiempo. A 23 kilómetros de la capital provincial y a 1.255 metros sobre el nivel del mar, este rincón de Castilla y León abraza a sus dos entidades de población, Gallegos y Altamiros, como un padre que cuida de sus hijos. Con una población que en 2023 apenas alcanza los 58 habitantes, según los últimos registros conocidos, este pequeño enclave es un retrato vivo de la España rural: un lugar donde la historia, la tradición y la lucha por la supervivencia se entrelazan en cada esquina.
Una comunidad menguante entre riscos y horizontes
Con sus 58 habitantes —34 hombres y 24 mujeres—, Gallegos de Altamiros es un reflejo de la despoblación que asola los pueblos serranos. Extendidas sobre un término municipal de 20 kilómetros cuadrados, las casas de piedra y adobe salpican un paisaje agreste, donde la densidad de 2,9 habitantes por kilómetro cuadrado habla de soledad y resistencia. Desde los 87 vecinos que se contaban en 2006, el goteo de partidas ha sido constante, dejando tras de sí un pueblo que, aunque pequeño, se niega a desaparecer. Altamiros, con su propia identidad dentro del municipio, comparte esta lucha silenciosa, mirando desde sus 1.187 metros de altitud hacia el imponente Cerro Gorría, el pico más alto de la sierra, y las tierras onduladas de la comarca de la Moraña.
Una economía anclada en la tierra
La vida económica de Gallegos de Altamiros sigue girando en torno a las raíces más antiguas de la región: la agricultura y la ganadería. Los campos de cereal y los pastos que alimentan a ovejas y vacas son el sustento de una comunidad que vive de lo esencial. La trashumancia, ese trasiego ancestral del ganado por las cañadas reales —como la Soriana Occidental y la Leonesa Occidental, que se cruzan en su término—, ha dejado una huella imborrable en su identidad. En el cruce de estas rutas se alza la Venta del Hambre, un edificio del siglo XIX que hasta hace poco fue testigo del ir y venir de pastores y viajeros. Sin embargo, el presente trae retos: la falta de industria y empleo local empuja a los jóvenes hacia Ávila o más allá, mientras el comercio brilla por su ausencia y los servicios básicos dependen de la proximidad a la capital. En este escenario, el municipio pelea por adaptarse, con el teletrabajo como una tenue esperanza que aún no prende con fuerza.
Fiestas que avivan el alma del pueblo
En Gallegos de Altamiros, las fiestas patronales son mucho más que una celebración: son el latido que mantiene unida a la comunidad. El 15 de agosto, el pueblo se viste de gala para honrar a Nuestra Señora de la Asunción, patrona de Gallegos. La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, apartada del núcleo como una joya solitaria en el campo, acoge misas solemnes y procesiones que recorren las calles con devoción. Luego, la fiesta se desata con verbenas, música de dulzaina y banquetes donde el cordero asado y el vino de la tierra reinan en la mesa. En Altamiros, el fervor se traslada al Tercer Domingo de Mayo, cuando una romería en honor a la Virgen de Mayo lleva a los vecinos en peregrinación hasta la iglesia y de regreso, un ritual que despide la primavera con cantos y pasos firmes. Más tarde, el Tercer domingo de septiembrela Virgen de Riohondo protagoniza otra romería en la ermita homónima, un enclave de estilo herreriano que une a los pueblos de la sierra en un adiós al verano. Estas citas son el alma de un municipio que, pese a su tamaño, sabe festejar en grande.
Un futuro entre la tradición y la esperanza
Bajo la dirección de Emiliano Gómez García, alcalde del municipio por el Partido Popular, Gallegos de Altamiros Encara un porvenir incierto pero no exento de ilusión. La cercanía a Ávila es una ventaja y un desafío, pues conecta al pueblo con el mundo exterior mientras subraya su dependencia. Proyectos como el festival Paisajes y Artes Vivas Bagaudas, que en septiembre llena de cultura sus rincones, o la reciente apertura de la Biblioteca Pública Maestro Anastasio González, muestran un esfuerzo por revitalizar la vida local. Entre sus calles, donde las chimeneas adornadas con soles radiantes susurran leyendas de protección, y sus caminos, que aún resuenan con el eco de rebaños trashumantes, Gallegos de Altamiros sigue siendo un testimonio de resistencia. Un lugar donde el tiempo parece pausarse, pero donde la voluntad de sus gentes mantiene viva la llama de un pueblo que, aunque pequeño, se niega a ser olvidado.