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Altamiros: El eco tranquilo de la Sierra de Ávila
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Altamiros: El eco tranquilo de la Sierra de Ávila

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En el abrazo frío y sereno de la Sierra de Ávila, en la provincia de Ávila, se encuentra Altamiros, una localidad que, aunque pequeña, guarda en sus entrañas la esencia de la Castilla más recia. Perteneciente al municipio de Gallegos de Altamiros, este rincón abulense se alza a 1.187 metros de altitud, ofreciendo vistas que se pierden entre el imponente Cerro Gorría y las llanuras de la comarca de la Moraña. Con una población que apenas ronda los 35 habitantes en sus días más silenciosos, Altamiros se transforma en verano, cuando hasta 400 personas —hijos del pueblo y visitantes— llenan sus calles de vida, buscando refugio en la paz serrana.

Un puñado de almas en un mar de piedra

Con sus 35 habitantes permanentes, Altamiros es un suspiro demográfico dentro de los 58 vecinos que conforman el total del municipio de Gallegos de Altamiros. Sus casas, construidas con la piedra que la sierra regala, se alzan como testigos de un pasado más poblado, cuando las cañadas reales resonaban con el paso del ganado. Hoy, la tranquilidad reina en este núcleo, donde la densidad apenas acaricia los 2 habitantes por kilómetro cuadrado en un término que comparte con Gallegos. El verano, sin embargo, trae un renacer: las viviendas vacías se llenan de familias que regresan, elevando la cifra hasta los 400 habitantes temporales, una mezcla de nostalgia y búsqueda de aire puro que mantiene viva la localidad.

Una economía de raíces y horizontes

La economía de Altamiros es un reflejo de su entorno: sencilla, austera y profundamente ligada a la tierra. La agricultura y la ganadería, pilares históricos de la zona, siguen siendo el sustento de sus habitantes. Campos de cereal y pastos para ovejas dibujan el paisaje, mientras las cañadas reales —como la Soriana Occidental y la Leonesa Occidental, que cruzan el municipio— evocan un pasado trashumante que aún resuena en la memoria colectiva. La Venta del Hambre, una construcción del siglo XIX en el cruce de estas rutas, es un símbolo de aquellos días de paso y comercio. Sin embargo, el presente es más duro: la falta de empleo local y la ausencia de comercio o industria empuja a los jóvenes hacia Ávila, a 23 kilómetros, dejando a Altamiros en un delicado equilibrio entre tradición y olvido. El turismo estival y el creciente interés por la vida rural ofrecen un destello de esperanza, aunque aún incipiente.

Fiestas que despiertan la sierra

En Altamiros, las fiestas patronales son el latido que rompe el silencio del año. El Tercer Domingo de Mayo, la localidad se vuelca en la romería de la Virgen de Mayo, una celebración que arranca con una peregrinación desde el pueblo hasta la iglesia y regresa entre cánticos y promesas. Esta fiesta, impregnada de devoción, marca el despertar primaveral y reúne a vecinos y visitantes en un acto de fe y comunidad. Más adelante, el Tercer domingo de septiembrela Virgen de Riohondo toma el protagonismo en otra romería que lleva a los fieles hasta la ermita homónima, un edificio de líneas herrerianas que comparte con otros pueblos de la sierra. Procesiones solemnes dan paso a bailes, comidas al aire libre y el eco de las dulzainas, en un festejo que despide el verano con la calidez de lo colectivo. Aunque menos conocida que la Asunción de Gallegos el 15 de agosto, estas citas en Altamiros tienen un sabor propio, íntimo y arraigado.

Un rincón que resiste al tiempo

Contra Emiliano Gómez García al frente del municipio como alcalde por el Partido Popular, Altamiros comparte con Gallegos el desafío de mantenerse vivo en un mundo que parece olvidar lo rural. Su ubicación privilegiada, con vistas al Cerro Gorría y a tiro de piedra de la capital provincial, lo convierte en un refugio potencial para quienes huyen del bullicio. Iniciativas como el festival Paisajes y Artes Vivas Bagaudas, que en septiembre llena de cultura el municipio, o la reciente apertura de la Biblioteca Pública Maestro Anastasio González, son pasos tímidos hacia un futuro más conectado. Entre sus calles de piedra y sus chimeneas adornadas con soles radiantes, Altamiros susurra una historia de resistencia, un lugar donde el pasado pesa tanto como la voluntad de no rendirse al silencio.

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