En las tierras altas de la provincia de Ávila, donde la brisa serrana acaricia los 1.196 metros de altitud, se erige Cillán, un municipio que parece sacado de un cuadro costumbrista castellano. A tan solo 18 kilómetros de la capital provincial, este pequeño enclave en la comarca del Valle Amblés y Sierra de Ávila es un susurro de calma en medio de un mundo que no para. Con una población que ronda los 72 habitantes en 2024, Cillán es un testimonio vivo de la resistencia rural, un lugar donde el tiempo se mide en cosechas, campanas y fiestas que unen a sus gentes.
Un puñado de vidas entre piedra y cielo
Con sus 72 habitantes, Cillán encarna la lucha de los pueblos pequeños por no desvanecerse. Sus calles estrechas, flanqueadas por casas de piedra que resisten el paso de los siglos, dibujan un paisaje de serenidad y abandono a partes iguales. Desde los 128 habitantes que se contaban en 2006, la población ha menguado, dejando tras de sí un pueblo donde cada vecino es un pilar de la comunidad. La densidad, apenas 4 habitantes por kilómetro cuadrado en sus 18 km² de término, refleja un aislamiento que, lejos de ser un lastre, se vive como un orgullo silencioso. Aquí, el eco de las campanas y el rumor del viento entre los riscos son más habituales que el ruido de los motores.
La iglesia: un corazón de fe y piedra
En el núcleo de Cillán se alza la Iglesia de San Martín, una joya de la arquitectura rural que guarda entre sus muros la historia y la devoción del pueblo. Construida con la piedra omnipresente de la sierra, este templo de origen medieval —con reformas que lo han moldeado a lo largo del tiempo— es mucho más que un edificio: es el alma de la localidad. Su torre, sobria pero imponente, vigila el caserío, mientras que en su interior, el retablo y las imágenes religiosas hablan de una fe arraigada. La Iglesia de San Martín no solo acoge misas, sino que es el epicentro de las celebraciones que dan vida a Cillán, un lugar donde pasado y presente se encuentran en cada oración.
Una economía de raíces profundas
La economía de Cillán es un reflejo de su entorno: humilde, tradicional y anclada en la tierra. La agricultura y la ganadería son los pilares que sostienen a sus habitantes, con cultivos de cereal y pastos que alimentan a un pequeño número de ovejas y vacas. Las manos curtidas de sus vecinos trabajan los campos con la misma dedicación que sus antepasados, en un ciclo que parece inmune al paso del tiempo. Sin comercio ni industria que rompan la quietud, la vida aquí depende de la autosuficiencia y de la cercanía a Ávila, donde muchos buscan complementar sus ingresos. El éxodo de los jóvenes y la falta de oportunidades dibujan un futuro incierto, aunque la llegada esporádica de visitantes atraídos por la paz serrana ofrece un tímido rayo de esperanza.
Fiestas que encienden el alma del pueblo
Las fiestas patronales de Cillán son el latido que rompe la monotonía del año, un momento en el que el pueblo se llena de voces y risas. El 11 de noviembre, día de San Martín de Tours, el patrón del municipio, la Iglesia de San Martín se convierte en el epicentro de la celebración. La jornada arranca con una misa solemne, seguida de una procesión que recorre las calles con la imagen del santo, entre cánticos y el repique de campanas. Después, el ambiente se torna festivo: los vecinos se reúnen para compartir comida —con el cordero y las patatas revolconas como estrellas— y disfrutar de bailes al son de la dulzaina. En verano, la Virgen de la Asunción, festejada el 15 de agosto, trae otra explosión de vida con verbenas y actividades que atraen a los que vuelven al pueblo, multiplicando por momentos su población. Estas citas son el alma de Cillán, un lazo que une a quienes se quedan y a quienes parten.
Un rincón que se niega a olvidar
Bajo la mirada de
Jesús Martín Herrero, alcalde del municipio por el
Partido Popular,
Cillán enfrenta el reto de mantenerse vivo sin perder su esencia. La proximidad a
Ávila es un salvavidas, pero también un recordatorio de su dependencia. Entre los riscos del
Castro de La Mesa de Miranda, a pocos kilómetros, y el susurro de su iglesia, este pueblo guarda una historia de resistencia que no se rinde.
Cillán no es solo un punto en el mapa: es un refugio donde la vida,